Los mártires de Google

Todos hemos leído reportajes sobre lo fantástico que es (que debe ser) trabajar en una empresa como Google. Sus oficinas son una mezcla de casa ideal, salón recreativo para hipsters y centro de trabajo ultramoderno. Las condiciones laborales son envidiables. Y, como no podía ser menos, sus empleados son mimados con viajes, regalos y una libertad casi total para que cultiven su creatividad y pasión por el trabajo bien hecho. Pero hay un puesto de trabajo en Google que nadie desearía. Porque es horrible.

La mayoría del contenido indexado por Google, y por tanto accesible a través de su buscador, es filtrado automáticamente y pasa a ser revisado por una persona que decidirá si esa “sospechosa” cantidad de píxeles color carne que hay en una fotografía son porno infantil o simplemente un anuncio de bikinis. Los “ojos” del mayor buscador del mundo no son capaces de discernir en muchos casos si un video subido a Youtube contiene blasfemias contra Mahoma, primeros planos de ejecuciones y torturas, violencia contra animales u otras lindezas por el estilo. Es un trabajo sucio, muy sucio y desagradable que alguien tiene que llevar a cabo. Además, según la legislación de algunos países, como Estados Unidos, una web es responsable de cualquier contenido ilegal o inapropiado que se mantenga visible en su dominio durante más de 24 horas.

Aquí es donde entra en acción el “mártir” de Google, un trabajador encargado de revisar a un ritmo frenético todas las imágenes, webs y vídeos sospechosos que incesantemente pueblan la web y que Google, por principios morales y por imperativos legales, no debe enlazar ni difundir. En cada turno de trabajo, estos sufridos operarios revisan una media de más de 15.000 imágenes diarias y cientos de vídeos. Youtube, Google imágenes, Picasa… son muchas las puertas por las que se intentan colar monstruosidades que vistas una a una asquearían a cualquiera y que en masa se convierten en una muestra más de la degradación humana… pero que al fin y al cabo son el pan de cada día para estos “barrenderos” anónimos que no se pueden permitir un respiro. Habitualmente, son trabajadores subcontratados por Google quienes se encargan de tan desagradable labor, y lo normal es que a los pocos meses de desempeñar esta labor necesiten terapia.

En Google se decide si un trabajador se convierte en empleado fijo al cabo de un año improrrogable. Transcurrido ese año, la empresa decide si esa persona se convierte en un trabajador fijo o se le despide. En el caso de los “mártires”, el destino suele ser casi siempre el despido, como fue el caso del ex-empleado que ha contado su experiencia en Google. Después de ver miles de imágenes de necrofilia, mutilaciones y suicidios, terminó confundiendo imágenes inocuas, como la foto de un padre con su hijo, con el horror que había poblado sus jornadas laborales. A los nueves meses le comunicaron su despido: estaba quemado.

¡Otra cosa! En Londres ha comenzado a funcionar una cafetería en la que se paga por estar, no por consumir. Se llama Ziferblat y es una cadena que ya funcionaba en Moscú desde hace tiempo. Los clientes pueden hacerse ellos mismos el café en alguna de las máquinas de diseño que tiene el local, pueden disfrutar del bufé de galletas y fruta e incluso pueden cocinar en las instalaciones de la cafetería, si llevan su propia comida. ¿El precio? 3 peniques por minuto, algo así como 2,2 euros la hora.

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